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Estadística social

Gapminder es una gran base de datos socio-económicos de todo el mundo que permite observar de una forma gráfica las correlaciones entre PIB y esperanza de vida o consumo energético y niveles de emisiones de CO2. Además es open source.

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Los nuevos muros de la web

Artículo original publicado en la edición del 4 de septiembre en The Economist, The web’s new walls

Cómo se pueden combatir las amenazas a la neutralidad en la red

Cuando George W. Bush se refirió a los “rumores en las internets [sic]” durante la campaña presidencial de 2004, fue acusado de ignorante e “internets” se acuñó como término para designar el desconocimiento sobre el mundo on line. Lo que parecía ignorancia está alcanzando visos de realidad. Grandes empresas están comenzando a pugnar por el control de Internet, poniendo en peligr su universalidad a favor de ciertos gigantes.

Internet es más un pacto comercial que un invento. Una red de redes que ha crecido vertiginosamente durante estos últimos 15 años. Y a más crecimiento, cobra más sentido que otras redes se conecten a ella. Sus estándares abiertos hicieron que las interconexiones se hicieran cada vez más baratas y sencillas, eliminando barreras entre redes académicas, empresariales y de consumidores (¿recuerdan CompuServe o AOL?). Así como los tratados de libre comercio entre países incrementan el tamaño de los mercados, internet permite obtener grandes ganancias fruto del intercambio de información, además hace que la innovación aflore y se esparza como nunca antes. Pero sobre la internet de hoy se ciernen  los deseos de países y compañías que quieren levantar muros de bits o parcelar internet para promover sus propios intereses políticos o comerciales.

Walled wide web

Se están levantando tres tipos de barreras. La primera es nacional. La “gran muralla” china ya impone un férreo control sobre los links que enlazan con contenidos del resto del mundo, monitorea el tráfico de datos y capa ciertos servicios. Otros países, como Irán, Cuba, Arabia Saudí o Vietnam, han hecho cosas similares, y otros gobiernos mantienen controles similares sobre lo que la gente puede ver o hacer en internet.

Segundo, las compañías están ejerciendo controles mediante la construcción de “jardines amurallados” –un hecho que parecía imposible hace una década. Facebook tiene su propio sistema cerrado de correo electrónico. Google ha creado una serie de servicios web propios alojados en sus servidores. Los usuarios de dispositivos de Apple acceden a contenidos, fundamentalmente a través de pequeños programas descargables, llamados apps, y no tanto mediante el navegador. Apple decide que apps permitir, convirtiéndola en un gatekeeper. Las apps se están expandiendo a otros dispositivos móviles, televisiones o coches… y otras empresas harán lo mismo.

Tercero, las preocupaciones de las operadoras de telecomunicaciones por la búsqueda de nuevas fuentes de beneficios las llevará a firmar contratos de preferencia sobre contenidos, haciendo que quien pueda pagar tenga mayor presencia en la web. El senador demócrata, Al Franken relató su particular pesadilla en un discurso en julio: los medios conservadores cargarán cinco veces más rápido que los blogs de izquierdas. Él y otros defensores de la “neutralidad en la red” quieren nuevas leyes que paren la discriminación entre diferentes tipos de contenidos. Las operadoras argumentaron que esto destruirá la innovación y consideraban la “neutralidad en la red” como un complot socialista para regular internet.

Con ello los incentivos que habitualmente favorecían una mejor interconexión, apuntan ahora en la dirección contraria. Lo que sugiere el artículo de Wired publicado recientemente, “The web is dead”, está demasiado alejado de la realidad. Aunque la red está perdiendo parte de su universalidad.

Pero esto no es malo del todo. Los beneficios que Apple obtiene de sus “jardines amurallados” le permiten crear servicios y productos que hacen las delicias de sus usuarios, que quizás estén dispuestos a vender parte de universalidad por una mejor seguridad o un uso más sencillo; si no, pueden marcharse a otro lugar. Mientras que algunos padres reciben con gusto la política de Apple de bloquear apps racistas de sus dispositivos, por ejemplo, a quien no le guste puede comprar un teléfono Nokia o Android. Además, las leyes anti monopolio existentes sancionarán a cualquier compañía que abuse de su posición dominante sobre los sistemas operativos de estos dispositivos o las plataformas publicitarias –algo que todavía no ha sucedido.

Las restricciones impuestas por los gobiernos son mucho más problemáticas y difíciles de salvar. Los rebeldes no pueden hacer mucho contra la gran muralla china. Aunque los gobiernos occidentales también son un buen ejemplo. El plan australiano de crear una gran barrera, al estilo chino, para bloquear la pornografía infantil y las webs donde se enseñe a fabricar bombas, por ejemplo, es otra locura que debe ser rechazada. El enfoque de lucha policial contra estas prácticas es más eficaz que vetar conexiones.

A los gobiernos inclinados a la censura les pueden convencer los argumentos que se centran en los beneficios económicos de la transparencia. El defensor de la democracia para Vietnam, Duy Hoang, ha sugerido que las críticas extranjeras subrayan el papel de internet en el fomento del comercio, desarrollo, educación y trabajo. Algo similar ocurre en China, Hoang recuerda lo mucho más productivos que podrían ser sus científicos si se les permite el acceso libre a la información.

¿Qué ocurre con el riesgo de que los operadores fragmenten internet erigiendo barreras o peajes? En teoría, la competencia entre proveedores de acceso a internet debería impedir que esto ocurra. Cualquier operador que intente bloquear un sitio o servicios en particular, perderá rápidamente consumidores a favor de otras empresas que le den acceso total.

Porqué la neutralidad en la red es una distracción

Pero este no es el caso de Estados Unidos. Su ardiente debate sobre la neutralidad en la red no es más que un reflejo de la falta de competencia entre los proveedores de acceso. La mejor solución sería exigir a las telecos que abran sus redes de alta velocidad a sus rivales, como ya ocurre en la mayor parte del mundo industrializado. Las grandes operadoras norteamericanas llevan diciendo bastante tiempo que si son forzadas a compartir sus redes perderán los incentivos para mejorar sus infraestructuras, y con ello obstaculizarán la puesta en marcha de banda ancha. Aunque esto no ha pasado en otros países que han permitido el libre acceso, los cuales disfrutan de conexiones más rápidas y baratas que en Estados Unidos. La neutralidad en la red es un concepto difícil de definir y hacer cumplir. Parece que los esfuerzos se destinan a tratar el síntoma (las preocupaciones sobre la discriminación) en vez de la causa subyacente (la falta de competencia). La rivalidad entre proveedores es la mejor protección contra el surgimiento de nuevas barreras contra el flujo de información on line.

Este periódico ha capitaneado siempre el libre comercio, la apertura de mercados y una fuerte competencia en el mundo real. Los mismos principios deben regir en internet.

Postal del siglo XX

Lo que muere ha sido el siglo de la gente corriente. Si tuviese que dejar una postal del siglo XX a la posteridad, una fotografía del siglo de la gente común, ¿qué imagen escogería? ¿Qué persona, qué oficio, en qué lugar del mundo?

No hay forma de escoger una sola persona, una sola figura. Porque las diferencias y las desigualdades han sido y siguen siendo tan grandes que es imposible ofrecer un símbolo que las trascienda. Por ejemplo: la mayor parte de la humanidad que ha vivido durante el siglo XX nació en China, y hoy, el veinte por ciento de toda la población mundial vive en ese país. ¿Escogeremos entonces un chino? No creo. Porque el resto, el ochenta por ciento, ha nacido y vive en otras partes. Desde este punto de vista, los chinos son una pequeña minoría.

A principios del siglo XX habríamos podido escoger la imagen de un campesino: en aquel entonces un ser humano típico era alguien que vivía en la agricultura. Pero hoy, a finales del siglo XX, ya no es así.

Podríamos entonces escoger a un obrero, un miembro de aquella clase trabajadora que creció sin cesar en el transcurso del siglo XX, y que probablemente alcanzó su apogeo en el tercer cuarto de la centuria. Pero hoy en día esa figura está disminuyendo de peso y de número a toda velocidad.

¿Hemos de pensar entonces en un empleado, alguien que trabaja frente a una mesa en un despacho, ante un ordenador? Tampoco esta sería una elección correcta, porque sería adecuada para Europa occidental o para los Estados Unidos, pero quedan todavía enormes extensiones del mundo en las que esas fotografías no querría decir gran cosa.

Ahora bien, si insite usted en buscar un símbolo del siglo XX, yo propondría una madre con sus hijos. Las personas que tienen más elementos en común vivan donde vivan en la superficie de la Tierra, a través de culturas, civilizaciones y lenguas distintas, son las madres. De alguna forma la experiencia de una madre corresponde aún a todo lo que le ha sucedido a la especie humana durante el siglo XX.

Lo que sin embargo ya no es característica de nuestra era es la tradicional estructura familiar que se desarrollaba en torno a una madre. No es que esta estructura fuese de un solo tipo, al contrario, pero en todas partes existía alguna forma de familia. Hoy ni siquiera eso es así.

La infinita variedad de la especie humana y la rapidez con la que ha cambiado en el transcurso del siglo XX hacen verdaderamente difícil elegir un símbolo de la gente corriente. Y sin embargo, repito, si me veo en la necesidad de elegir uno, escojo a una madre con sus hijos.

De HOBSBAWM, Eric J. Entrevista sobre el siglo XXI. Barcelona: Crítica, 2007.

Medios hiperlocales para la glocalización

Los recortes de presupuestos en las empresas periodísticas han despegado al profesional de la calle, de las pequeñas cosas y lo han recluido en la redacción.

Los dos intentos de acercar la información local son la radio (que la recluye en sus espacios de menor audiencia) y la televisión local, que fracasa por la poca dotación económica y obliga a obtener sólo información de las fuentes institucionales o al recurrente test de gente a pie de calle.

La carestía de información acerca del pueblo, del barrio, es el principal motivo de los llamados Medios Ciudadanos Hiperlocales (HLCM, de sus siglas en inglés), medios informativos cuya información proviene básicamente de las colaboraciones de vecinos y ciudadanos interesados en lo que acontece a comunidades locales.

“La democracia debe comenzar en casa, y su casa es el vecindario” DEWEY, J.

John Dewey fue un filósofo pragmatista norteamericano al que se debe gran parte de lo que un día fue el periodismo cívico (movimiento que preconiza la utilidad de la información para intervenir en los asuntos de la comunidad. Cuestiona la neutralidad del periodismo y defiende el poder movilizador y de acción de la información) y de lo que hoy conocemos como Periodismo 3.0 (tercera versión del periodismo digital: la socialización de la información).

Los medios sociales comienzan a producir un efecto de sustitución y de desplazamiento del discurso público en la prensa tradicional. La caída de la venta de los diarios (locales y nacionales) es ya relevante en la mayoría de los mercados desarrollados.

La información y el debate de los asuntos públicos y ciudadanos comienza a estar más en internet que en los medios tradicionales. Se quiebra la idea del Cuarto Poder y la palabra clave vuelve a los ciudadanos sin mediación después de que la comunicación de masas la hubiera reservado para periodistas y medios.

¿Será el declive de los diarios dañino para la democracia? No, en absoluto, dirán lo contrario aquellos que ostentaban el monopolio de la opinión pública. La gente ya no tiene que confiar en un puñado de diarios nacionales… Enfrentamos la pluralidad de visiones de la blogosfera a la concentración mediática tradicional.

La aparición de los medios hiperlocales y sociales innova y actualiza el periodismo profesional más allá de la información y los contenidos. Se debe crear una robusta infraestructura de participación, apoyada en nuevas formas de negocio sustentadas por capital riesgo, fundaciones cívicas e incluso periodistas retirados de la actividad profesional que buscan nuevos medios con un modelo de negocio más centrado en la información y menos en la rentabilidad.